PASTA DE
CAMPEÓN
Miguel nació en Riberalta, es el
sexto de siete hermanos, el negocio de la familia era la castaña y la
venta de madera. Cuando cierra los ojos y recuerda el monte
puede oler la tierra mojada. Miguel cuenta que aprendió a pelear en su pueblo.
Para cuando se trasladó a Santa Cruz de la Sierra a estudiar Ingeniería
Civil, una de las primeras cosas que hizo fue buscar un gimnasio dónde
entrenarse. Quería ser Boxeador.
Era 1980, por esos años el
deporte preferido de la ciudad era el básquetbol, Ser boxeador era algo extraño,
entrenar para pegarle a la gente iba en contra de la voluntad civilizadora en
los tiempos. sin embargo, en esa época se forjaron leyendas del boxeo nacional
como Hugo “Pacho” Olivares, el primer boliviano en lograr el título
latinoamericano de los pesos medianos de la Asociación Mundial de Boxeo
(AMB). Ese año llegó un promotor de la AMB, y eligió a unos cuantos,
para estar en esa selección había que hacer más que pelear, había que
ganar. Miguel estaba decidido entre golpe y golpe atrajo las miradas de los
demás boxeadores y así consiguió su apodo. Me pusieron “escocés”. No es un gran
apodo al principio me daba vergüenza, pero como en todo, uno se
acostumbra. Yo tenía un short rojo con negro a cuadros, lo usé en una de
mis primeras peleas, cuando estaba arrinconado contra las cuerdas,
recibiendo golpes, me di cuenta que solo podría salir de un salto, esperé
que lance un golpe largo como una falta. Y qué te pueda decir, ese día no
llevaba calzones. Miguel
combinó golpe al hígado, el estómago y la mandíbula, esa serie de golpe se
convertirían en su marca personal. El oponente de quien nadie recuerda el
nombre, cayó y Miguel ganó la pelea, su apodo de boxeador y un lugar en el grupo.
El campeón Hugo “Pacho” Olivares desde
su hogar, siete anillos lejos del ruido, dice que hace mucho que no habla de
boxeo. porque si bien le trajo muchas alegrías, también le trajo dolor. Él fue
implicado en un caso de narcotráfico que le costó la pelea por el título
mundial que debía disputar con el francés Gillbert Delé en Francia.
Estuvo un tiempo preso en el extranjero y aunque al final se probó su
inocencia, recuerda el episodio con amargura. Los 80 pues, el narcotraficante
había sentado sus reales en Bolivia. Se había extendido hasta lo más alto
niveles de gobierno. Entonces teníamos incluso nuestro rey de la cocaína, un
hombre que no solo financió un golpe de estado, sino que se convirtió en
el principal proveedor de Pablo Escobar, según el libro, “Mi vida” con Roberto
Suárez Gómez y el nacimiento del primer Narco-Estado, escrito por la esposa de
Suarez, Aida Levy. Durante esta década, y la coca se había convertido en el 12%
del producto interno bruto del país. Para 1983 el tambor de coca entre “100
libras” costaba 800$. Una obscena cantidad de plata. Para el final de la década
Bolivia producía cerca de 1200 toneladas de pasta de base de cocaína. Esos días
el narcotráfico no solo se había convertido en un negocio rentable y peligroso,
sino había abierto la puerta sin salida para el consumo interno, en todos los
estratos sociales.
En esa época, Miguel consumía cocaína.
Al principio porque le ayudaba a beber más tiempo, hacer el que más aguantaba,
a ser el campeón en 1983, estuvo la oportunidad de hacer que su nombre tenga
peso en el mundo del boxeo. Se embarcó en una gira nacional con otros boxeadores,
entre ellos, “Pacho”. Una de las paradas era Tarija. Allá Miguel debía
enfrentarse a Rogelio Jiménez, “La perla negra”, un boxeador grande bailador, con
pegada bestial.

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